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Ya hace un año que dejé mi trabajo con el objetivo de perseguir mi sueño – o, más bien, con la determinación de descubrirlo. Lo había perdido en alguno de mis múltiples mudanzas; se me había caído en alguna estación.

Han sido meses de exploración personal, de muchos viajes y experimentos. Como “emprendedora”, también he tenido tiempo de escuchar numerosos testimonios de personas que aseguran haber encontrado su camino y reconozco haber envidiado ese momento de lucidez que les permitió entender dónde debían buscar la felicidad.

Siempre he presumido (ante unos; ante otros ni lo mencionaba) de mi falta de definición; de mi carácter explorador, de mi necesidad de cambio constante. Nunca me ha gustado verme reflejada en aquellas otras personas que se conforman o que, desde corta edad, se atan a una determinada carrera o a una forma de vivir concreta y rehuyen de la flexibilidad. Yo soy inquieta; me entusiasmo con facilidad con tareas muy diversas, pero soy a la vez voluble e indecisa, con los pros y los contras que estas cualidades conllevan. Y, sí, sigo esperando entre la ilusión y la desconfianza ese instante exacto en el que sabré cuál es la dirección y comprenderé qué quiero ser de mayor.

Comienzo a plantearme, no obstante, que el punto débil de esos pensamientos está en el todo-nada y en la falta de flexibilidad, en pensar que ambas visiones del mundo son incompatibles. ¿Y si no lo son? ¿Y si ni siquiera hace falta decidir qué quiero ser de mayor?

Hoy me he dado cuenta de que, tal vez, he idealizado esos “momentos de lucidez” que solo algunos afortunados han tenido, como si tuvieran que ser, de verdad, la revelación más sublime, en las condiciones más extremas y memorables. Quizás, llevo demasiado tiempo esperando que se encienda una bombilla en algún lugar recóndito de mi organismo, despreciando los pequeños vuelcos al corazón y ese nerviosismo infantil que te da unas ganas increíbles de saltar y abrazar al primero que pasa por tu lado. Aspirando al demasiado, se me había olvidado que, a lo mejor, esos pequeños ratitos de buena vida son más que suficiente para mí. Al final, se trata solo de sentir.

Decir “esto es lo mío” me da vértigo por muchos motivos, pero me engañaría a mí misma si negara que, en un día como hoy, volver a sentarme ante un micrófono me ha hecho sonreír como no lo hacía desde hace meses. Quien lo ha probado, lo sabe.

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2 pensamientos en “Ratitos de buena vida

  1. Tienes una sabiduría innata,Isabel; sólo hace falta mirarte a los ojos para captarlo. Aún me transmites el entusiasmo de nuestro único encuentro cuando le hablo a la gente de ti y tus ideas. Disfrútate, que lo mereces. Un abrazo de la escritora que cree en tu modo de sentir la economía.

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