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Llevo varios días intentando hacer memoria para averiguar en qué momento me dijeron por primera vez que para ser feliz tenía que poseer todo lo poseíble, consumir todo lo consumible, acumular mucho dinero y atarme cuanto antes a un trabajo que, me gustase o no, me diera mucho de esa mal llamada seguridad y muy poco tiempo para pensar.

Aún busco al o a la lumbrera, se lo aseguro. Más que nada, para darle las gracias. De no ser por él, por ella, o por ellos –no dudo que fuera una conspiración con varios implicados–, no estaría aquí. Ya saben. Si hubiera sido una mentira a medias o una burrada de menor calibre, quizás andaría todavía metida en el círculo vicioso, embriagada por la ignorancia y sufriendo sus consecuencias como esa enfermedad que no da la cara hasta que es demasiado tarde. Sin embargo, dejarse llevar por un engaño cuando es tan flagrante es más complicado. Y aquí estamos.

Digo “estamos”, usando la primera persona del plural, porque, por suerte, no es solo cosa mía. Por el contrario, cada vez son más las personas que quieren recuperar el control sobre sus vidas. Cuestión de tiempo, tal vez. La tierra se aró hace mucho y las semillas se sembraron y se riegan cada día con mucho cuidado. “Estamos en el momento de reinventar los viejos contratos sociales, de crear un nuevo sistema operativo”, decía Albert Cañigueral desde Badajoz hace solo unos días, en el marco de la mesa redonda organizada por Espacio COnvento y en la que participaron el fundador de OuiShare, Antonin Leonard, y el  conector para Alemania Thomas Doennebrink. El conector de OuiShare para España y América Latina se refería así a las oportunidades de la economía colaborativa como herramienta de cambio a gran escala.

La ‘economía colaborativa’ ha muerto

Por supuesto, para quien asocie el concepto a la plataforma digital de turno que le permite ahorrarse unos eurillos en transporte o ganarse un dinero extra deshaciéndose de lo que le sobra, esto puede sonar un poco a chino. Economía colaborativa es eso, pero también puede significar más.

Pese a su nombre –seguiremos usándolo hasta que se nos ocurra uno mejor–, pensar en la economía colaborativa solo en términos de intercambios de productos y servicios es reduccionista. Lo dice hasta uno de sus ideólogos, el fundador de OuiShare, Antonin Leonard, que insiste en que el término ya no sirve para designar una realidad multidimensional, harto compleja e imposible de encorsetar; toda una manera de pensar, de hacer y de vivir en sociedad.

La irrupción de lo digital y el shock generalizado que ha producido el darnos cuenta de que el modelo imperante ya no cubre nuestras necesidades nos brindan oportunidades de cambio. Y, si se alteran los objetivos, el resultado no puede ser el mismo. Para Thomas Doennebrink, de OuiShare Alemania, se está produciendo un cambio en nuestros valores y auto-percepción. Trazando paralelismos con momentos históricos, “en la era del carbón, yo era lo que hacía; en la del petróleo, ‘era lo que consumía’; en la de las renovables, ‘soy lo que puedo hacer y lo que puedo compartir’.”

Y, ¿entonces?

Produzco luego existo

Nos podemos quedar en la superficie y pensar en una plataforma a través de la que cambiamos un viejo jersey por un pantalón que nos hace falta, o ir un poco, solo un poco, más allá y quedarnos con cómo eso nos permite pasar de consumidores pasivos a productores de valor. Es un esquema muy simple, desde el momento en que se nos da la posibilidad de crear, se nos está concediendo un poder que antes solo estaba al alcance de unos pocos. Nos convertimos en ciudadanos-productores.

Profesionales vs. amateurs

La irrupción de lo digital ha contribuido a que los recursos y las herramientas de producción sean cada vez más accesibles, al igual que los canales de difusión. Volvemos a un concepto de producción en el que el valor radica en la capacidad para ofrecer un producto ajustado a las necesidades de los usuarios, “como ocurría antes de que aparecieran los gremios, cuando un producto valía si era de calidad y yo me forjaba una buena reputación”, explicaba Albert.

Dueño y señor

No solo se trata de democratizar el acceso a las herramientas de producción; “el empoderamiento real viene de la propiedad de esas herramientas”, aseguraba el conector para España y América Latina.

Por sus características intrínsecas y las motivaciones de quienes las utilizan, las plataformas e iniciativas de economía colaborativa pueden, si quieren, organizarse de otro modo. Thomas Doennebrink explica: “Muchas de esas plataformas se han convertido en monstruos híbridos; tienen por delante plataformas en la que las personas satisfacen sus necesidades ‘de manera colaborativa’, pero su motivación, lo que subyace en el trasfondo, es generar dinero para extraer más dinero en el futuro. Muchas pueden generar más de esa desigualdad que ya existe en el mundo.”

Frente a esto, se pueden crear proyectos que ahondan en el concepto de ‘colaboración’, compartiendo la propiedad, la gobernanza, los beneficios. Se trata de la posibilidad de volver a un modelo más cooperativo, en sentido estricto, repensándolo sobre la base de las nuevas necesidades sociales.

El trabajo ya no es lo que era

Primero, porque se diversifican las fuentes de ingresos; segundo, porque ¿de verdad que no es trabajo la actividad que se remunera en tiempo u otras especies?

“Es el cambio más importante; si se cambia el trabajo, se cambia todo”, aseguraba Antonin Leonard. “Cada vez menos vamos a ser asalariados y, cada vez más, vamos a tener la posibilidad de desarrollar diferentes actividades económicas”. Frente al modelo de trabajo rígido, de 35-40 horas a la semana para una misma empresa –sí, ese que con la crisis se ha convertido en el sueño dorado-, lo digital nos permite comenzar a decidir cuándo, cuánto y desde dónde trabajamos y obtenemos nuestros recursos.

Un cambio desde lo local

“Ningún partido político habla de la economía colaborativa”, explicaba Albert. Para él, la propuesta colaborativa está ausente en el orden del día porque quienes han de tomar las decisiones ni la entienden, ni profundizan en ella, ni quieren ver su potencial.

Según Antonin Leonard, “lo digital ha transformado todas las industrias menos la industria financiera. La otra cosa que no ha transformado es la democracia: los políticos no saben qué hacer con el ciudadano empoderado”.  Y, no obstante, ahí está, por primera vez con capacidad para decidir si se queda solo en la parte útil –práctica– de esa propuesta social o va un paso más allá. Es decisión personal.

Foto portada: José Linares

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