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Hace tan solo unos días tuve la oportunidad de votar en las elecciones del consejo rector de la cooperativa de la que soy socia, The Phone Co-op. Reconozco que, a priori, la experiencia no goza del más mínimo atractivo informativo, pero, y aquí viene la noticia, es que es la primera vez que mando mi voto desde España y, redoble de tambor, a través de internet. ¡Tachán! ¿Es una luz al final del túnel lo que ven mis ojos? Díganme que sí, por favor.

Más vale tarde…

Buena parte de los cooperativistas que he conocido a lo largo de mi vida coinciden en que la lentitud es uno de los rasgos que más lastran a las cooperativas como modelo empresarial. Y es que, por muy rompedora que sea la propuesta que realizan y por muy bien que se adapte a los tiempos de desánimo que corren, las cooperativas, sobre todo las más consolidadas, huelen añejas y a aguas estancadas.

Por lo general –siempre hay excepciones– son conservadoras hasta el aburrimiento y lentas en su evolución. Cierto proteccionismo tiene su lógica. Está alimentado por el debate abierto entre invitar a la toma de decisiones a todos los que son, con indiferencia de que crean más o menos en la organización, o centrarnos en los que están, o sea, en los fervientes creyentes de los valores y principios cooperativos. Sin embargo, ¿no interfiere eso con la igualdad de oportunidades y la democracia pura de la que presumen estas empresas? Pregunto.

Querer es poder

Aunque es el primer año que The Phone Co-op permite votar online en sus elecciones, hace mucho tiempo que esta cooperativa británica da a sus miembros la posibilidad de asistir a su asamblea general por teléfono. Es más, si todo va bien, me veo saludando al resto de los socios por videoconferencia de aquí a unos años.
No es la única.

The Phone Co-op Board election

Miembros de The Phone Co-op contando los votos. Elecciones Consejo Rector 2014.

Con una búsqueda rápida en internet, ya pueden encontrarse empresas especializadas en facilitar este tipo de procesos y gestiones a las cooperativas. Eso sí, en otros países. Por aquí, pese a que no existen restricciones legales para la participación de los socios vía telemática, las cooperativas aún se lo están pensando. Y eso que, me dicen, incluso existe una herramienta creada por la Fundación Innoves para este fin: Cooperes. ¿Qué falta entonces? ¿Recursos? ¿Asesoramiento? ¿Ganas?

El reloj corre –tic, tac

Es incuestionable que los tiempos han cambiado. Por mucho que nos guste la slow life –en castellano, eso de vivir despacio y saboreando cada segundo–, la mayoría de las personas siguen desbordadas por sus quehaceres diarios: familia, trabajo, compras, gimnasios… Eso significa que, aunque nos apasione la historia que hay detrás de nuestra organización –y lo hago extensivo a otras asociaciones, ONGs, etc.–, asistir a una asamblea o incluso enviar un voto por correo (colas incluidas) se antoja harto complicado.

Obviando la comodidad de hacer todo esto desde el sofá de casa –que en invierno con la estufita pega incluso más– y mirando a la población más joven –adicta al teléfono y las redes sociales–, parece evidente que las posibilidades de movilización de las cooperativas se reducen bastante si el método empleado es el mismo que hace 200 años. Los valores, los principios y todo su potencial se quedan cortos si participar y empoderarse se traducen en un dolor de cabeza muy grande. [Este artículo de la abogada Linda Barlow profundiza en el tema.]

Vote online

Foto de League of Women Voters – bajo licencia Creative Commons CC-BY

Así se llega al punto en el que la tecnología y la omnipresencia de internet ponen en evidencia a un modelo deseable en muchos sentidos, pero cada vez menos práctico. La tecnología y algo más, de hecho: la prueba fehaciente de que estos recursos de la sociedad de la información tienen un verdadero potencial transformador, la economía colaborativa.

Reacción en cadena

De una u otra forma, ese modelo disruptivo, el paradigma de la colaboración, ha conseguido sacarle los colores a las propuestas económicas alternativas previas y coexistentes. Y todo porque ha sabido hablar el lenguaje de la gente, usar su mismo código, adaptarse a la nueva realidad.

Es más, no solo ha mostrado las debilidades comunicativas del cooperativismo e incluso la economía social, sino que está ayudando a redefinirlos. Es evidente que no todas las plataformas de economía colaborativa son colaborativas en el sentido más estricto de la palabra, pero existe una vertiente radical que comienza a hablar de cooperativismo digital, cooperativismo 2.0 o cooperativismo de plataforma (platform cooperativism). Es esa misma corriente que prefiere la economía colaborativa para el cambio social y apuesta por aprovechar el potencial de la tecnología para compartir la propiedad, los beneficios y el poder de decisión entre los usuarios. Véanse ejemplos como la cooperativa de artistas Stocksy o el proyecto musical Resonance, entre otros, aquí.

Es el otro foco de luz al final del túnel; un salto cualitativo difícil de dar, pero posible, por qué no. De momento, por si sirve el dato, en las elecciones de The Phone Co-op, y siempre teniendo en cuenta el ligero incremento anual del número de socios, la participación ha subido en 4 puntos (del 21 al 25 por ciento); 2 de cada 10 personas ha votado online.

[Artículo publicado en AgoraRSC]

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