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La cadena de comida rápida se deshace de raciones completas con la excusa de que “hay que consumirlas en el local”. 

¿Han comido alguna vez, como se dice en mi pueblo, “como auténticos cerdos”? 

Pues yo, sí. Y lo hice hace tan sólo unos días, en un viajecito a Huelva del que salí con acidez de estómago y un buen palo en mi conciencia. El responsable último, yo y mi ‘ansia viva’, que diría aquel, algo de lo que no me enorgullezco; el subsidiario, la cadena de restauración norteamericana Domino’s Pizza, que me atrajo con sus cantos de sirena a las profundidades de su local en la capital onubense.

Los hechos acaecieron en una de esas perezosas tardes de agosto en las que el tiempo avanza a trompicones. Hacía calor, no nos apetecía cocinar, y el hambre y las matemáticas nos nublaron la vista: “Come y bebe todo lo que puedas por 6,75 euros”¿Hacemos una excepción?Dominos_Pizza_Pablo_Rada

La primera pizza fue devorada con avidez —ya les digo que eran las 4 de la tarde. La segunda, con curiosidad. La tercera se quedó en la mesa.

Nos costó decidirnos, no crean —“¿Pedimos otra? En realidad, ya no nos queda mucho hueco, ¿no?”. Sin embargo, tras 30 minutos de reñida batalla, la picaresca alzó la mano para anunciar su victoria sobre la razón. “La pedimos, comemos lo que nos apetezca, y si sobran unos trozos nos los llevamos a casa como en todas las pizzerías”. No supimos de la trampa hasta el final.

“Sólo disponible en local”

La tercera pizza llegó ante nosotros humeante; apetecible pese a lo que habíamos comido ya. Y la probamos, claro que sí, aunque no pasamos de la primera porción.

La cara que se nos quedó cuando nos chafaron la operación “pizza-en-caja-para-recalentar-en-microondas-mañana” tuvo que ser un poema. La mía recorrió toda la gama cromática en cuestión de segundos. “Hay que consumirla en el local. La que no se consume se tira”.

Se supone que alguien tenía que habérnoslo advertido cuando solicitamos la oferta. Nadie lo hizo. Tampoco aparece detallado en la web. ¿La culpa? Nuestra, por abandonarnos a la gula —normal que sea un pecado capital.

¡Comed, malditos, comed!

-“¿A la basura? ¿Sin más?”

-“Sí, a la basura”.

Mientras la cocinera fregaba el suelo y limpiaba las mesas a nuestro alrededor —“Esto… ¿esos son los guantes con los que ha cocinado mi pizza?”—, intentamos acallar nuestras conciencias.

Entre avergonzados e indignados salimos a la calle a buscar a alguien que pudiera desear unirse a nosotros. Nadie acudió a la llamada de “¡Pizza recién hecha y gratis! ¿¡Quién da más!?” —¡con el montón de gente que estaría pensando a esa misma hora en llevarse un pedazo de comida a la boca sin poder hacerlo!

En vano intentamos apurar lo que había en la bandeja, pero como la muerte por atracón sólo la contemplamos en el caso del chocolate, no tuvimos más remedio que marcharnos del local con la cara desencajada y los 10 kilos de pizza, refrescos, frustración y rabia en las entrañas.

El consumidor siempre tiene la razón

Habíamos mordido el anzuelo.

Ni a mi compañero ni a mí nos gusta pagar por comer por encima de nuestras posibilidades; mucho menos por que se procesen y cocinen alimentos que acabarán en el contenedor. Pero aquel día caímos, injustificables inocentes, en el juego fácil de quien vende sin conciencia para captar a consumidores distraídos.

¿Sabían que cada año se desperdicia un tercio de la comida producida en todo el planeta?

Según la FAO (la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), una parte se pierde inevitablemente en el proceso de producción, debido a malas cosechas o la pobre gestión, entre otros motivos; la otra, en la fase de consumo, por ejemplo, por alimentos que se caducan o que se desechan cuando todavía están en buenas condiciones.

La última es la principal causa de que en Europa se tiren 179 kilos de comida por cabeza anualmente, una cantidad que, en total, podría alimentar a 200 millones de personas. Eso por no hablar de los recursos económicos y medioambientales que ahorraríamos si produjéramos en función de lo que vamos a consumir: a nivel global, si contáramos las emisiones contaminantes asociadas a la producción de comida desperdiciada como si fueran las de un país, estaríamos hablando de la tercera potencia con mayor huella ecológica, solo por detrás de EEUU y China.

En España, prescindimos anualmente de 7,7 millones de toneladas de alimentos, mientras 9 millones de personas viven en situación de pobreza. Causalmente, el 14% de ese excedente procede del sector de la restauración y el catering.


Dominos_pizza_desperdicios

¿Quién da más?

Con estas cifras, a mí se me indigesta hasta el té que me estoy bebiendo mientras escribo estas líneas. Y todo porque el consumo sin control (el hiperconsumismo) se ha integrado en nuestro ADN, porque hemos desaprendido a llenar el carrito de la compra y nuestros ojos se quedan embelesados ante el “2×1”,  el “segunda unidad a mitad de precio”, o el “solo hoy al 70% de descuento”. A Pepito Grillo nos lo hemos merendado y, sin vocecita interna que nos reprenda, tirar el pan de molde en el que ha nacido vida porque compramos más del que podíamos gastar resulta menos complicado.

Tristemente, “más” se ha convertido en nuestra consigna. Poseer, y acumular, y comer hasta reventar. Bueno, bonito y, especialmente, barato —porque, eso sí, aquí pocos estamos dispuestos a pagar el precio real por los productos que compramos. Y, entretanto, nuestros cuerpos debatiéndose entre la obesidad y las dietas milagro. Fascinante…

Impunidad empresarial

Por supuesto, en este escenario la responsabilidad última es del consumidor quien, por otro lado, es completamente inmune a las campañas publicitarias, el rojo y el amarillo fosforito de las banderolas en los supermercados, los altavoces de los grandes almacenes y los spots de televisión.

Supongo que a ningún directivo de Domino’s Pizza le quitan el sueño las toneladas de comida que sus empleados tiran a diario en todo el país. Al fin y al cabo, se les presupone y se les perdona la falta de luces por ser empresarios. O quizás lo hacen con fines disuasorios: ¿sacrificar una pizza la primera vez que alguien intenta hacerse el listillo es el precio justo para que los consumidores aprendan quién manda? Incluso mejor, ¿será una campaña de sensibilización encubierta para que la gente se dé cuenta de lo doloroso y feo que es tirar la comida y no vuelva a hacerlo jamás?

El otro día, a nuestro lado, había otras dos parejas más. Dudo mucho que fuera la primera vez que se toparon con esa oferta, pero el resultado fue el mismo: más de media pizza por mesa al contenedor.

Plate_scraping_food

Plate scraping by JBloom

Posiblemente, si le pidiera a Domino’s que entregue la comida que otros no quieren a un comedor social pecaría de ingenua otra vez.

Estos días he leído que los grandes restaurantes y cadenas de supermercados prefieren vender sus productos para generación de energía antes que donarlos a una ONG. Cuando, por el contrario, están sensibilizados se topan de bruces con miles de restricciones legales y la falta de medios de las entidades solidarias para garantizar que los alimentos llegan en buenas condiciones al consumidor final.

Sin obviar la parte de culpa que me toca y nos toca como consumidores, mi boicot personal sería volver a pedir tres pizzas y llenarles el restaurante de alguno de esos conocidos que tienen la desgracia de dormir en nuestro portal y a los que no siempre podemos regalar una pieza de fruta o un bocadillo. Me pregunto si el trabajador de turno los dejaría entrar —eso sería “consumir en el local”, ¿verdad?

Y vosotros, ¿os habéis enfrentado a situaciones similares? Estáis más que invitados a compartir vuestras experiencias y correr la voz. Esto sólo lo arreglamos entre todos 😉

Fotografía: “Plate scraping” de JBloom, bajo licencia Creative Commons.

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Un pensamiento en “Domino’s Pizza tira tu comida por 6,75 euros. ¿Te apuntas?

  1. Pingback: Yume app: comida al 50% | Isabel R. Benitez

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