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Sé que no es lo habitual en este blog, pero, por una vez, me gustaría salirme de mi propio guión.

Ya saben que, en general, la vida del trabajador es muy ingrata.

En pocas ocasiones, mucho menos en nuestro país, se reciben palabras de reconocimiento o palmaditas en la espalda. Sin embargo, coincidirán conmigo en que hay profesiones más desagradecidas que otras.

Cuando era pequeña, me sorprendía mucho escuchar las barbaridades que mucha gente decía de la policía local. Las burradas me dolían especialmente porque mi padre forma parte del gremio y me parecían tan injustas como desmesuradas.

Mis amigos no querían entender que, simplemente, estaba prohibido hacer botellón en la calle o que no era capricho de los hombres de azul eso de mandarlos a la cama cuando estaban armando bulla en mitad de la calle a las 3 de la madrugada. Los jóvenes los abucheaban a los agentes en los conciertos porque se ve que les incordiaba que garantizaran la salida con orden del evento, y los mayores se quejaban porque, “Oh! Mon dieu!, es imperdonable que no haya un policía en la puerta de mi casa vigilando 24 horas al día para que el vecino no me aparque enfrente de la cochera”.

Con más frecuencia de la que me gustaría en mi corta vida, he escuchado improperios contra los agentes locales,

acusándolos de no llegar o de pasarse cuando, en la mayoría de las ocasiones, su presencia u ausencia depende poco de su propio criterio —perfecto no es nadie, pero recuerden también el dicho popular, que donde manda patrón no manda marinero, y en estos asuntos del control y el no control siempre hay votos en juego.

Este fin de semana, el Gobierno de Extremadura concedía a más de 300 policías de toda la región la Medalla al Mérito por su entrega y servicio ejemplar a la ciudadanía; distinción de plata a los que han ejercido esta labor durante al menos 20 años, y de oro a los que ya superan los 30 calzándose cada día su uniforme azul marino.

Si les digo la verdad —debates sobre oportunismo político aparte— a una también le gusta que, de vez en cuando, alguien reconozca el sacrificio, la profesionalidad de quienes, en palabras del propio Monago, contribuyen cada día “a crear un ambiente de convivencia en nuestros pueblos”.

Me alegro de que, por fin, una de las personas a las que más admiro haya recibido el aplauso y el agradecimiento de sus vecinos.

Al final, el esfuerzo siempre tiene recompensa, aunque se haga esperar. Enhorabuena.

Agentes de Zafra condecorados en Mérida. En el centro, Gloria Pons, alcaldesa de Zafra, y Miguel Ángel Toro, concejal de Seguridad Ciudadana del municipio.

Agentes de Zafra condecorados en Mérida. En el centro, Gloria Pons, alcaldesa de Zafra, y Miguel Ángel Toro, concejal de Seguridad Ciudadana del municipio.

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Un pensamiento en “Medalla de Plata

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