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Las mejores historias son siempre aquellas que tienen cierto grado de verosimilitud. Las que más conmueven, las que más calan, incluso las que más atemorizan, son las que describen escenarios, personajes y circunstancias que nos resultan familiares.

El libro que recientemente ha caído en mi poder es una de esas narraciones que de tan realista resulta casi terrorífica. Lejos de lo que su título pueda sugerir, El Hombre Invisible, el clásico de H.G. Wells, cuenta algo más que las venturas y desventuras de un científico que descubre cómo hacer que su cuerpo desaparezca a ojos de los demás.

Piensen en un individuo corriente, con sus impulsos, con sus manías, con su carácter, que se enfada, que maldice…

Y ahora denle a esa misma persona un poder sobrenatural. El ser resultante se parece bastante más de lo que pudieran esperar al original.

Si bien la literatura y el cine nos tienen acostumbrados a que ‘un gran poder conlleva una gran responsabilidad’, H.G. Wells pinta con un realismo desmedido el retrato de alguien que, tras conseguir por puro azar una cualidad única, sigue siendo solamente una persona, con sus defectos, con sus debilidades, con su egoísmo; alguien que no tiene un sistema de valores superior al ciudadano medio, que no goza de una especial calidad moral ni tiene un interés particular en procurar el bien común.

Invisible Man Sculpture, Harlem, NY - Tony Fischer

Invisible Man Sculpture, Harlem, NY – Tony Fischer

Así, la invisibilidad repentina desprende a Griffin, el protagonista de la historia, no sólo de su opacidad, sino también de lo poco que lo ata o vincula al resto de las personas, a las convenciones sociales, a las normas cívicas, a su comunidad, llevándolo a un estado aún más puro (y primitivo) de humanidad.

Lo que a priori podría considerarse un privilegio demuestra ser en la práctica una tortura que obliga al hombre invisible a ir sin ropas en pleno invierno, que lo condena casi a la inanición, que lo fuerza a cubrirse con una grotesca máscara para relacionarse con sus iguales. La transparencia lo hace vulnerable, y la fragilidad se torna en ira, hasta que, acorralado, enjaulado, se excusa en su propio miedo para aniquilar a los demás.

“[…] el Hombre Invisible debe instaurar el Terror, Kemp. Sí, sin duda suena muy desconcertante, pero lo digo en serio. Un reinado del Terror en el que me haga con una ciudad como Burdock, la aterrorice y la domine. […] Y tendría que matar a todos los que desobedecieran esas órdenes, así como a quienes defendieran a los que desobedeciesen.”

Más que invisible, H.G. Wells presenta a un hombre al desnudo, despojado de cualquier tipo de maquillaje social que camufle su condición. El hombre invisible es cruel, despiadado, agresivo. Por eso da miedo, porque nos describe por lo que somos, sin colorantes ni edulcorantes, como animales, de una forma tan cruda como fidedigna e inquietante. Por eso este libro podría ser casi una novela de terror.

                 El Hombre Invisible, H.G. Wells. Alianza Editorial, Madrid, 2002.                                     Brillante traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez.

 

Imagen portada: Hombre invisible, por Marian Beck, bajo licencia Creative CommonsFotografía: Invisible Man Sculpture, Harlem, NY, por Tony Fischer, bajo licencia Creative Commons.

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