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Soy de quienes piensan que los tiempos de crisis pueden cerrar muchas puertas pero siempre ofrecen grandes oportunidades. El hartazgo y la saturación han sido tradicionalmente buen caldo de cultivo para el éxito y la creatividad. La necesidad ha agudizado ingenios, azuzado neuronas y provocado maravillosas expresiones de pericia y destreza humanas.

De ahí que me alegre escuchar y leer que en España, por fin, los emprendedores están saliendo de su letargo para exponerse a la luz del sol. Casi me enorgullece escuchar ese “tenemos que montar algo” de forma recurrente en boca de mis seres más queridos y allegados.

Sin embargo, he de reconocer que, al tiempo que tales noticias y afirmaciones dibujan una ligera sonrisa en mis labios, su repiqueteo en mi cabeza me encoge el estómago como si éste solo quisiera hacerse un ovillo y desaparecer.

Ahora está de moda fomentar el emprendimiento,

y políticos y personalidades de renombre pierden “los papeles” (por no ponernos escatológicos) por anunciar ayudas y medidas para los valientes que deciden montar un negocio para reflotar nuestras maltrechas economías. Pero, díganme, ¿qué cultura del emprendimiento es ésa que sólo nace cuando los ciudadanos están asfixiados?

Estamos de acuerdo en que, funcione o no la empresa, el emprendedor estará ayudando a dinamizar un sistema económico en el que por no moverse no se mueve ni el aire. Y si de paso limpia la imagen de un país históricamente subvencionado que está a la cola por haber enseñado a sus vecinos que papá estado los mantendrá a base de empleo público, pues mejor que mejor.

Mas permítanme poner en duda la solidez o sostenibilidad de una cultura del emprendimiento que se enseña a trompicones y se impone con calzador. Ese emprender “porque no hay otra cosa”, “porque algo habrá que hacer”, construye proyectos sin más ambiciones que la supervivencia propia, planes de negocio resignados que repiten fórmulas de éxito para garantizar una estabilidad precaria y nadan en las aguas calmadas y confortables de las piscinas (también públicas), porque tienen miedo de salir al mar. A esa forma de emprender, le faltan riesgo, audacia y emoción.

Foto: AleksandarCucu (CC)

Foto: AleksandarCucu (CC)

Desde luego, es imposible promover aquello en lo que no se cree, y nuestro país nunca ha tenido fe ni confianza en el emprendimiento.

Poco se puede esperar de un lugar en el que no se ha ayudado a quienes tomaban la iniciativa porque lo llevaban en la sangre o porque habían tenido la suerte de educarse entre personas con muchas ganas y poco miedo; menos, de un sitio en el que cada aventura ha de someterse al escrutinio imparcial de los propios conciudadanos. Y, sin dinero ni apoyo moral, los castillos en el aire se derrumban y hasta los pájaros de la cabeza emigran para buscar ecosistemas más propicios.

Con esto, no pretendo criticar a quienes deciden fundar una empresa porque no les queda más remedio (que, con la que está cayendo, ya tiene mérito), aunque me gustaría poder ser optimista y ver y sentir a mi alrededor un poco más de ese emprendimiento convencido, ilusionado, con ganas de darlo todo por una idea brillante o incluso loca. Enseñemos a soñar, a pensar en grande, a sentirnos capaces. Cesemos en nuestro afán por matar el entusiasmo de quienes no necesitan una crisis para dejarlo todo por un sueño y tomar las riendas de su vida.

Mi experiencia hasta ahora me ha demostrado que sólo hay que querer para poder. Es una pena que sea sólo ahora cuando esté “autorizada” a creer en ello o defenderlo públicamente.

Porque, claro, ahora el emprendimiento sí está de moda.

 

Foto de portada: Enrico Strocchi (CC)

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Un pensamiento en “La Farsa del Emprendimiento

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