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La crisis de confianza no es una crisis económica, es una crisis moral. 

Hoy he leído una noticia que me ha hecho pensar mucho en una palabra; en la palabra “confianza”.

He de reconocer que éste era uno de esos términos que han ido ganando importancia en mi mente y en mi vocabulario a medida que me he hecho mayor. Sin embargo, en los tiempos que corren la palabrita está tan a la orden del día que está empezando a darme miedo que, de usarla más y más, la desgastemos -ya saben que, a veces, el (ab)uso de la lengua la desvirtúa y la ningunea, hasta despojarla de todo su valor.

Pero sigo con la noticia de la que les hablaba.

Dicen los británicos (según una encuesta realizada a 2.000 almas al otro lado del Canal de la Mancha) que el ciudadano medio solo confía en 4 personas. 

Háganse a la idea de que su círculo más cercano incluye a unos 15 individuos. Pues bien, de 4 cuatro personas de confianza, dos son familiares, el tercero es su pareja y el cuarto, su mejor amigo. ¿Curioso, no creen? Con todos los conocidos que tenemos en Facebook… ¿quién nos lo iba a decir?

Resulta que más de la mitad de esos mismos encuestados asegura que tiene problemas para confiar en otras personas.

Tal desconfianza se basa en haber sufrido algún episodio de “alta traición” – alguien se fue de la lengua y reveló a los cuatro vientos ese secreto tan gordo que el susodicho/a le había confiado.

Y, claro, si no confían en sus familiares, amigos, y compañeros de trabajo… ¿Cómo van a confiar en personas a las que nunca conocerán de verdad? ¿En seres que les piden su voto para “gobernar por ellos” y que luego hacen con el poder otorgado lo que les apetece o lo que más les conviene?

2 de cada 3 no cree en los políticos.

Tampoco en los bancos que son “deshonestos”, ni en las empresas, a las que atribuyen un egoísmo supino resultado de su búsqueda poco escrupulosa de beneficios.

¿Qué me dicen? ¿Les suena familiar?

Gerd Altmann, Pixabay.com (Creative Commons)

Gerd Altmann, Pixabay.com (Creative Commons)

A mí, lo que me ha llamado la atención de estos resultados es lo tristemente extrapolables que son a nuestro país, a nuestra región, a nuestra ciudad. En un contexto de hastío como el actual hablar de “falta de confianza” es tan común como casi deseable -¡qué sería de nosotros si no nos hicieran conscientes de ellos, con la que está cayendo!

Pero no me preocupa eso, no. No me preocupa que ahora, porque tengamos una crisis, nos hayamos vuelto desconfiados. Me preocupa que lo traemos de lejos, que es un valor en el que nos han educado.

Desde pequeños, nos enseñan a tener miedo, a no confiar en nadie, a tener cuidado.

“No compartas esa idea, te la copiarán”, “Esa tienda es demasiado barata, seguro que tiene trampa”, “Esa oferta de trabajo suena demasiado bien, ni te lo plantees, seguro que es un timo”. Ni siquiera cuando las cosas son buenas nos fiamos”.

La desconfianza nos envenena. Nos impide salir a la calle y disfrutar de lo que nos rodea. Nos despoja de nuestra humanidad, de aquello que nos hace diferentes. Nos separa. Nos aliena. Nos impide cooperar y progresar (de hecho, a lo mejor es que a alguien le conviene que seamos desconfiados…).

Yo me he visto, con toda mi honestidad, mirada con recelo, como si llevara una pistola en la mano, por gente a la que sólo intentaba ayudar.

Y me pregunto una y otra vez, ¿se puede recuperar la confianza?

Si recuperar la confianza significa que los consumidores vuelvan a comprar más, seguro que sí.

Pero la confianza va más a allá del significado económico y simplista que le dan cada día los medios de comunicación.

Esta palabra se merece que la usen con dignidad, con propiedad.

Y, no, la confianza no puede recuperarse mientras seamos egoístas y nos preocupemos exclusivamente por nuestro bienestar. La confianza puede costarnos muchas tortas, pero también vivencias y oportunidades únicas.

Recuerden siempre que, si alguien traiciona, es porque hay una alternativa. Sólo es cuestión de saber mirar.

La encuesta a la que se hace alusión fue realizada por Social Enterprise Mark – más información sobre esta organización y su estudio, en su página web

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6 pensamientos en “Crisis de confianza: ¿hemos perdido la batalla?

  1. ‘cuatro personas de confianza, dos son familiares, el tercero es su pareja y el cuarto, su mejor amigo’, de acuerdo con el mejor amigo, incluso la pareja, luego mi hermana y yo diría q tengo unos pocos más amigos/as de confianza, lo que no quiere decir que no haya gente buena y honesta que aprecies y en los que puedes confiar.

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  2. En la época con más recursos y herramientas para comunicarnos más reparos tenemos para hacerlo y más desconfiamos de quienes nos rodean. Tendemos a refugiarnos en microuniversos individuales y eso atrofia la riqueza vital e intelectual colectiva.

    Resalto el apartado del post en el que se hace referencia a que la desconfianza aliena e impide la cooperación y en esa tesitura, los ostentadores del status quo son quienes salen favorecidos. Interesa que se incruste en nuestro ADN interpersonal la desconfianza, que es sinónimo de hieratismo social. No hay interacción y por tanto es imposible que se geste un cambio.

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    • Muchas gracias por tu comentario. Supongo que la pregunta es cómo educamos en confianza. Se antoja más y más complicado teniendo en cuenta que nuestra generación está pasando por una situación muy complicada. ¿Cómo seremos capaces de inculcar a las generaciones venideras otros valores? ¿Estamos perdidos?

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  3. Pingback: ¿Se puede vivir mejor con menos? | Isabel R. Benitez

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