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Trabajo para una cooperativa de telecomunicaciones en Inglaterra; de hecho, acabo de celebrar mi primer aniversario como empleada. Al margen de aportar mi granito de arena en el departamento de Comunicación —puedo considerarme periodista en el lado oscuro por pura supervivencia—, soy socia de la cooperativa porque soy cliente de la misma: es una cooperativa de consumidores en la que aquellos que contratamos sus servicios, ya sea telefonía fija o móvil, o internet, podemos convertirnos también en copropietarios del negocio. Me consta que hay un par de —aún modestos— Phone Co-op en España y yo misma me planteo cómo recibirían una empresa así mis paisanos extremeños.

El pasado fin de semana tuve la fortuna de asistir, por primera vez, a la asamblea anual que celebra mi cooperativa —y, sí, digo mi cooperativa, porque es tan mía como de los restantes 10.000 socios.

He de reconocer que ya había acudido a algún evento de estas características como espectadora. Sin embargo, el de este sábado de febrero prometía ser algo diferente. Y sin duda lo fue.

Imagínense que alguien les pregunta por su opinión sobre un tema y, no sólo les pregunta, sino que tiene en cuenta su respuesta. Pues así, justo así, es como me sentí yo en esa reunión cuando se escuchó la frase “ha llegado el momento de votar” y comprobé que mi mano alzada contaba en el recuento.

Es la primera vez en mi vida que me siento dueña de algo más que de un par de zapatos, una bicicleta o una decena de libros —como ven, no atesoro grandes fortunas materiales.

Hoy, más que nunca, me siento parte directa de algo, y de algo grande, si me permiten la apreciación; de un negocio que ayuda a miles de personas a mantenerse en contacto diario con sus amigos y familiares. Por descontado, soy parte de ello cuando pago mi factura al final de cada mes, pero también cuando tengo la oportunidad de influir en su funcionamiento y gestión.

Yo, con mi mano alzada, he podido decidir a dónde irá ese dinero que estoy pagando todos los meses por usar mi teléfono móvil, tras ganarlo a base de esfuerzos y madrugones —como cualquiera de ustedes. De las más de 500.000 libras de beneficios que tuvo mi cooperativa en 2013 —amén de reservar fondos para su supervivencia, al fin y al cabo, se trata de que siga funcionando—, 90.000 irán destinadas este año a financiar empresas sociales y otras cooperativas: instalaciones de energías renovables, empresas de comercio justo y proyectos emprendedores. Pero hay más; y es que otra parte de esos beneficios —la misma cantidad, 90.000 libras— será repartida entre nosotros, los socios.

No tengo intención de jugar con miles de conceptos trascendentales y abstractos cargados de intenciones y significados con los pueden o no sentirse identificados, pero creo que nunca había sentido eso que llaman democracia de una manera tan directa y palpable. Después de haber experimentado algo así, la pantomima política y económica, que tan en boga está, se me antoja incluso más vergonzosa, vacía e inútil. Y es que ahora puedo decir que he probado cómo se siente una persona al tener voz y voto de verdad; y no un voto cualquiera, sino uno tan válido como el del resto de individuos involucrados en esta empresa común —un socio, un voto, dice el principio cooperativo número 2.

Entre tanta desazón y cansancio mental y moral que nos rodea, una experiencia como la que yo viví el pasado sábado me parece motivo más que suficiente para mirar al futuro más cercano, ése que ya es presente, con optimismo, con coraje, con la certeza que otorga la posibilidad, el saber que hay alternativas.

Existe en un modelo económico y empresarial que pone a las personas y su bienestar por encima de la acumulación de capital en manos de unos pocos agraciados; existe una manera de tomar las riendas y volver a ser actores y no meros espectadores. Y, no, no me lo han contado, lo he tocado con mis propias manos. Es real, y sienta muy bien.

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Un pensamiento en “Una persona, un voto – Principio Cooperativo número 2

  1. Pingback: Una persona, un voto: principio cooperativo » AraInfo

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