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Las cooperativas llevan al menos desde 1844 (año arriba, año abajo; las fechas “oficiales” no son exactas, ya saben) cultivando un modelo de negocio que pone a las personas por encima del capital y que contribuye al bien común. Cohesión social, protección del medio ambiente, y, en definitiva, sostenibilidad (en el sentido  más amplio de la palabra) salpican su actividad con independencia del sector en el que operen.

Sin embargo, lo que para otras empresas convencionales es una parte fundamental de la estrategia de comunicación (piensen en todas esas campañas de responsabilidad social corporativa), para las cooperativas queda relegado a un segundo plano. Quizás se debe a la falta de recursos (el departamento de Marketing y Comunicación es siempre el último en aparecer en escena); o, tal vez, al hecho de que destinar fondos a proyectos sociales o invertir en energías renovables es tan innato a las cooperativas que se olvidan de contárselo a los demás –¡cómo si alguien se fuera a sorprender!-. Pero lo cierto es que, por muy habitual que a las empresas cooperativas les parezca eso de ser “buenas”, para los consumidores y usuarios sigue siendo, cuanto menos, un gesto loable; algo que llega a ser incluso determinante cuando se trata de elegir los productos que van en la cesta de la compra o buscar a un cuidador para sus mayores.

De ahí la atrevida pregunta que Anthony Murray, editor de Co-operative News, lanzaba hoy a los asistentes a la Conferencia Annual de la ACI. ¿Dónde están las cooperativas cuando se habla de soluciones a la crisis alimentaria, de herramientas para combatir el desempleo o de alternativas al fallido sistema económico que nos tiene asfixiados?

Ciertamente, en algún lugar donde no son ni visibles ni reconocibles.

De acuerdo con el Banco Mundial, 250 millones de productores de países en vías de desarrollo son socios de una cooperativa. En Colombia, las empresas cooperativas son responsables del 3,65% de los puestos de trabajo. Y, en China, proporcionan el 91% de los microcréditos. Por ahora, son, además, las empresas que mejor han sobrevivido a la crisis económica en países como España.

Si dejamos los números a gran escala, les puedo poner el ejemplo muy práctico de una cooperativa británica. Su sector es el de las telecomunicaciones (telefonía fija y móvil, e internet), pero los beneficios se invierten en mucho más que sostener el negocio y repartirlos entre los socios. En los últimos 18 meses, The Phone Co-op ha destinado más de £622,000 a la instalación de paneles solares que permitirán reducir las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera en 140 toneladas anuales. Eso por no hablarles del dinero que recientemente ha invertido en energía eólica, en ayudar a rescatar un pub local en Brighton, o apoyar a la cooperativa de comercio justo Revolver.

Cómo éste, me imagino que se les vienen a la cabeza miles de ejemplos prácticos de cómo las cooperativas “contribuyen a construir un mundo mejor”, como reza el eslogan de la Alianza Cooperativa Internacional. Y, sí, no son la varita mágica con la que vamos a resolver todos los problemas  a los que nos enfrentamos, pero, como advierte Anthony Murray, son parte de la solución. Simplemente, tienen que aprender a contarlo. Después de todo, difícilmente la gente podrá optar por un modelo que desconoce, por muy buenas que sean sus intenciones.

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