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El Parlamento extremeño ha aprobado por unanimidad una Propuesta —“de Pronunciamiento”, ¡ojo!—  en la que insta al Gobierno central a preservar la gestión pública de la Red de Paradores de Turismo en la región.

El expediente de regulación de empleo que se está preparando para una de las empresas más importantes del sector de la hostelería y la restauración de nuestro país pretende poner en la calle a 350 trabajadores en todo el país, cerrar muchos de los establecimientos entre 3 y 5 meses al año, y acabar con el Puerto Lumbreras de manera definitiva. En Extremadura, la medida afectaría a los 7 paradores y a sus 277 trabajadores –  que quedarían dividos entre los que irían la calle y aquellos a los que se pediría aún más de la eufemística “flexibilidad”.

La propuesta de la asamblea regional ha salido adelante con el voto favorable de los 65 diputados tras una — como poco —  bochornosa “presentación” de los portavoces de los tres grupos parlamentarios. Y disculpen las comillas pero resulta complicado definir la “exposición de argumentos” que han hecho los tres políticos. Y me explico, porque hablar de “debate” cuando, de entrada, se supone que es algo acordado y re-acordado, parece un poco absurdo, ¿no creen?

Para que se hagan una idea, de Paradores, de turismo y de los puestos de trabajo que hay en peligro se ha hablado poco, por no decir poquísimo.

Eso que debería haber sido un grito único, conjunto, para defender uno de los emblemas turísticos de la región se ha convertido en una “discusión” — hasta este término es cuestionable — vacía, insulsa e irritante. De entre las acusaciones que se han lanzado unos a otros, se puede arrancar poco más que un “Paradores es eficaz” y “por eso se quiere privatizar, porque sólo se privatizan las empresas que funcionan bien para que beneficien a algunos amigos”, por parte de IU; un “son la mejor expresión de la marca España y la mejor estrategia para atraer turistas”, desde el PSOE; y “los 7 paradores generan beneficios en la economía regional”, en boca de la portavoz popular. El resto, se lo puedo resumir, aunque lo mismo se lo imaginan: un insultante espectáculo de payasos sin gracia —con el perdón de los payasos — llamando la atención sobre la enorme nariz de su contrario.

Aunque quizás soy sólo yo viendo el vaso medio vacío – o aterrizando de sopetón de mi viaje por el país de las piruletas, como me decía hace unos días un amigo.

Pero no me malinterpreten que cumplir han cumplido todos. Ha habido miradas a la tribuna donde estaban los trabajadores de los Paradores de Zafra y Plasencia, un par de guiños —“Hemos estado desde el primer minuto con vosotros”, “Solidaridad y aliento en vuestra lucha” —, algunas de las tradicionales visitas de los oradores a la tribuna, palmaditas en la espalda, y sonrisitas de esas de “pero, ya sabes, acuérdate de mí en las elecciones”.

Mientras, los trabajadores que han visto la vergonzosa exposición en directo no pueden más que estar agradecidos. Encima.

Y yo sólo me pregunto, ¿qué habrán puesto estos diputados en su mesa en la última cena de Navidad?

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